En el sui generis compendio visual que ocupa por el momento el Clauselito, cuarto de proyectos dentro de lo que fuera el estudio del Joaquín Clausell en el Museo de la Ciudad de México, Edgar Orlaineta coloca una serie de pinturas, esculturas, objetos y video, para construir un espacio polisensorial de múltiples registros. El detonador de este espacio de hibridaciones es la portada del disco
Dazzle Ships del grupo OMD, que vio la luz en 1983.
La portada del disco de este grupo ochentero de synth pop fue diseñada por Peter Saville, quien después de ver la pintura Dazzle Ships in Drydock at Liverpool pintada en 1919 por Edward Wadsworth, y de conocer la historia de la pintura de camuflaje para barcos que durante la primera guerra mundial, y en menor medida durante la segunda, fue utilizada para despistar al enemigo, decidió utilizar dichas composiciones de planos intersectados para la cubierta del disco.
Más de dos décadas después, como eco de aquella portada que a su vez lo es de aquellas pinturas con fines militares: diversidad de formas geométricas en colores contrastantes se multiplican de forma rizomática en los muros, en ensambles tridimensionales, y en el arreglo botánico que se despliega en el cuarto de la última planta del que fuera el Palacio de los Condes de Calimaya, a unos pasos del Zócalo de la Ciudad de México.
Una serie de cubiertas del disco son aprovechadas para construir un pequeño muro quebrado atravesado por varillas, mientras en las paredes del reducido cuarto la superficie de planos de color invade diversas imágenes de objetos y edilicia de la modernidad y al centro una silla zig-zag repite en su respaldo la misma fracturación geométrica en bajorrelieve y se rodea de plantas de sábila que han sido intervenidas con papercraft con el mismo motivo geométrico.
Esta compleja propagación y repetición de la imagen en el espacio es completada por un video que le yuxtapone a la cubierta del disco 300 variaciones cromáticas al compás de la música de OMD.
De dicho desborde visual destacan tres asuntos principalmente: el primero de ellos es la utilización de la estética de la modernidad (los diseños de camuflaje, la silla zig-zag de Rietveld, el papercraft como recurso plástico (1), y las distintas imágenes que utiliza para intervenirlas), el segundo es la capacidad reverberante del motivo principal con reflexiones múltiples que nos remite a distintos lugares y momentos, y el tercero es la contaminación de todo ello con elementos de la cotidianidad.
Es evidente que el artista tiene un gusto y amplio conocimiento del diseño moderno, pero es a partir de la manera en la que articula los elementos seleccionados dentro del contexto de fragmentación cultural y de multiplicidad contemporáneas, que puede hacerlos pertinentes en el presente.
La forma en la que lo lleva a cabo es a partir de la apropiación de dicha estética ya que no copia ni utiliza directamente los elementos seleccionados sino que los re-elabora a partir de un proceso de deconstrucción y reconstrucción, complejo e indeterminado, de las relaciones entre forma y función.
Al convertir los objetos (también la edilicia y los procesos productivos) del diseño moderno en "objetos de deseo" dentro de la visualidad contemporánea: resalta las características del primero sobre el campo en el que se inserta: en este caso primordialmente su carácter utilitario.
Para algunas manifestaciones artísticas de las últimas décadas la funcionalidad ha sido un factor de desarrollo importante.
Los proyectos sociales y el arte público realizado por una cantidad considerable de artistas han planteado como parte central de su artisticidad el que se cumpla con una función (práctica o social).
Pero el tratamiento que hace Orlaineta es complejo ya que cuando se apropia, interviene o construye sus entidades basadas en la modernidad, las priva de su funcionalidad armando un juego simbólico donde dicha característica es sólo una huella o remanente en el objeto.
El sentido que adquiere dicha cancelación no tiene mucho que ver con resarcir o crear un fin utilitario en los objetos, y si es así es a partir de nociones totalmente diferentes como veremos más adelante.
Regresando al vínculo con el pasado, también podemos agregar que tiene cierta dosis de nostalgia (baste recordar el título de la exposición: Of all the things we´ve done).
Por un lado está la necesidad de asir objetos inmaculados que han logrado esa condición gracias a una valoración histórica; y por el otro lado está la, forzada pero posible, necesidad de mantenerlos vigentes ante los profundos cambios que experimenta el diseño hoy en día con sus cruces con la ciencia, las posibilidades de fabricación personalizada de muebles y objetos desde la computadora casera en un horizonte no tan lejano, y el cambio de paradigma de lo que debe resolver el diseño: que ha desplazado sus intereses de los objetos a las conductas, y de las prescripciones formales a las instrucciones (2).
Es precisamente en esos nuevos horizontes funcionales de los diseños donde el escultor mexicano encuentra la respuesta al dilema de la funcionalidad en el arte.
No busca nuevas utilidades sino nuevas conductas, es decir, plantea nuevas maneras de relacionarnos con los objetos más allá de su univocidad y de la naturalización que habíamos hecho de ellos, manteniendo una postura crítica sobre la producción objetual no sólo en el campo artístico visual sino en el mismo campo del diseño contemporáneo.
Habían quedado pendientes otros dos asuntos que destacaban del montaje: la reverberancia del motivo principal y la hibridación.
La repetición ad nauseam del motivo en múltiples niveles de articulación con el objeto artístico: como elemento compositivo, como decoración, como pieza constructiva, y como concepto, disloca los significados (como le sucede al sonido cuando choca con diferentes superficies) permitiendo nuevos modos de experimentar el hecho artístico a partir de lo imprevisible e inconmensurable de las asociaciones que de ahí puedan generarse.
En cuanto a la hibridación, es notable el contrapunto que hacen las plantas de sábila frente a todos aquellos grandes o pequeños momentos de la cultura occidental que hemos mencionado.
Las plantas de sábila en su condición de paisaje cotidiano (tan comunes en patios, azoteas y jardines de nuestra geografía), son el elemento discordante que nos habla de los cruces, intersecciones y luchas entre las culturas dominantes y otros saberes o realidades subalternas locales que tan familiares nos resultan.
En esa multiplicidad sin unidad que es Of all the Things that we ´ve done, un sinfín de acciones, pensamientos y objetos coinciden en espacio y tiempo, pero mientras para los potenciales espectadores algunos convergerán y otros se tocarán sólo tangencialmente, otros viajarán paralelamente sin nunca llegar a encontrarse.